PLURINOMIO

12/17/2006

 

VIAJES 1

Lo único que une a Cantabria con el mundo es el acento esdrújulo de sus habitantes, los cántabros. La guía de Santander dice que esta ciudad es un buen lugar para buscar la serenidad. A mi me parece que como sigan cultivando la templanza nunca saldrán del aburrimiento en el que están inmersos. La ciudad es bonita, tiene edificios antiguos, mar, montañas y prados en el horizonte. Tiene avenidas por las que pasear. La gente anda y compra el periódico en el quiosco de juan, luego se pasan por la pescadería y hablan con pedro, el pescatero, vuelven a sus casas y cocinan, sin prisa, unas alubias a la marinera. Más pronto que tarde, se acuestan, apagan el flexo de la mesilla y descansan. Mañana será otro día, igual que el de hoy, no muy diferente al de ayer. El clima también es templado, en verano el calor no impide dormir y ahora, en invierno, la temperatura es agradable.

El taxista que me ha recogido en el aeropuerto dice que vivir en Cantabria es un lujo y yo estoy de acuerdo. Sus ojos están llenos de dicha, de felicidad neutra, sin sobresaltos, sin estrías. El taxista repite cada día que vivir en Cantabria es un lujo, es su forma de mantenerse despierto, de ser consciente de su infinito privilegio. El recepcionista del hotel también parece contento. Trabaja en el lugar más agitado de la ciudad. Él sabe que es el portero del paraíso, cada día ve entrar a decenas de personas que llevan la fatiga del mundo en el entrecejo y les ofrece las llaves del reposo. Bienvenidos a Santander, dejad atrás vuestras preocupaciones, habéis muerto y esto es el cielo, el desayuno se sirve de siete a diez. Mi habitación es la 308. Tiene un cuarto de baño, un armario, una cama, una neverita llena de bebidas alcohólicas y una televisión. El kit básico de la serenidad. Cuando salgo a la calle ya ha anochecido. La gente pasea de uno en uno o de dos en dos. Seguro que el viandante autóctono puede contar sus amigos con los dedos de una mano. “Pocos pero buenos amigos”, parece decir el cántabro.

Santander se diferencia de otras ciudades porque ha renunciado a toda forma de proyecto colectivo, vive replegada en la vida íntima de sus ciudadanos. En Madrid todos nos esforzamos por convertir la urbe en un gran tubo de escape, en un inmortal atasco; en Venecia han decidido hacer de la ciudad un gran museo, una orgía de souvenirs y de carteles que indican cómo llegar a San Marcos; en Alicante, siguen con la utopía de asfaltar el mediterráneo… Santander afronta el futuro sin una meta clara y sus habitantes empiezan a estar un tanto desorientados. El mal aliento del camarero del bar donde he entrado para cenar algo me confirma que esta región sufre una pandemia de halitosis. Lucen un buen aspecto externo pero se están pudriendo por dentro. Les han desconectado el frigorífico y ya han iniciado el proceso de la descomposición. De todas formas, haríamos mal en enterrar al cántabro, su sombra es alargada, tiene un sangriento pasado en las espaldas y su acento esdrújulo sigue igual de afilado que antaño, sólo espera el momento propicio para empezar otra reconquista.



12/10/2006

 
UN BAILECITO


 
UN BAILECITO.



 

EL DIVAN DE AMALFITANO 5

Todo el mundo tiene un punto incongruente, un elemento que brilla como desarmonía dentro de su personalidad. Yo he visto a intelectuales que perdían toda su credibilidad poniéndose agresivos en un partido de fútbol, comunistas que no podían evitar reírse con chistes racistas, cinéfilos que se emocionaban con películas de Chuck Norris… L también tenía su debilidad y ésta se llamaba Julio Iglesias. En su biblioteca, yacían los discos de Sabina, de Gainsbourg, de Bob Dylan, de Billy Holliday, de Silvio Rodríguez… pero jamás lo vi tan emocionado como cuando escuchaba a Julio Iglesias. La primera vez que le oí cantar sus canciones fue a finales de los noventa, en una de aquellas noches interminables de nuestros años universitarios. Debían de ser la cinco de la mañana, puede ser que fuese algo más tarde, pero en todo caso todavía era de noche, aún no había amanecido. Íbamos de vuelta al Colegio Mayor cuando L empezó a cantar “Por el amor de una mujer…”, yo pensé que estaba de broma, que aquello formaba parte del cachondeo, y le pasé el brazo por el cuello, a modo de compadreo, pero él se apartó bruscamente, y siguió susurrando la canción para sí mismo. Entonces no le di más importancia al asunto. Dos años después, coincidimos los dos en un piso de estudiantes en la calle Princesa. La casa era una pocilga, había cajas de pizzas en todos los rincones, los ceniceros rebosan de colillas y era imposible encontrar un vaso que no estuviese sucio. Por entonces, todos jugábamos a ser bohemios, ya sabes, mucha vida nocturna, mucha literatura maldita y muchas ganas de destacar en algo. Aquello casaba mal con la higiene. Mi habitación estaba al lado de la suya y desde mi cama podía escuchar las canciones que sonaban en su cadena de música. No es que pusiese constantemente a Julio Iglesias, pero cuando lo ponía, lo dejaba sonar durante horas, durante días, incluso. Yo creo que tenía una relación enfermiza con este cantante. L era una persona bastante social, que participaba de la dinámica del piso, era el primero en apuntarse a una fiesta y nunca ponía ningún inconveniente a la hora de organizar una cena. Sin embargo, de vez en cuando le daba por encerrarse en su habitación, y era imposible hacerle salir. Se quedaba a solas, escuchando a Julio Iglesias. Una vez me lo encontré en la cocina, debían de ser las tres de la mañana, y yo volvía de una fiesta erasmus que había sido bastante aburrida. Como decía, L estaba en la cocina, sus manos agarraban una taza de té y sus ojos miraban fijamente una cucharilla que reposaba sobre la mesa. El muy cabrón tenía puesto a Julio Iglesias a un volumen atronador. Recuerdo que me enfadé, y le pregunté si se había vuelto loco, si sabía la hora que era. L levantó la mirada y se quedó en silencio. Estaba tiritando y las concavidades de su rostro parecían lagunas de lágrimas. Ahora que lo pienso, su forma de llorar era muy extraña, su llanto no descendía por su cara, se quedaba en la superficie desafiando las leyes de la gravedad. Yo estaba borracho y me dio vergüenza verlo así. L empezó a decir cosas inconexas, y yo me mostré comprensivo, pero la verdad es que no entendí nada. Habló de una peonza que giraba sobre un tablero de ajedrez, de una obra de teatro que se representaba debajo del mar, de una muchacha que había perdido y que recuperaría en el umbral de la ancianidad. Luego acarició la carátula del disco de Julio Iglesias, y dijo “las noches, las mujeres, la fugacidad de vida, eso es todo lo que hay”. Acto seguido, se fue a su habitación, cerró la puerta y se quedó escuchando “Me olvidé de vivir”.

De tanto correr por la vida sin freno
Me olvidé que la vida se vive un momento
De tanto querer ser en todo el primero
Me olvidé de vivir los detalles pequeños.
De tanto jugar con los sentimientos
Viviendo de aplausos envueltos en sueños
De tanto gritar mis canciones al viento
Ya no soy como ayer, ya no se lo que siento
Me olvidé de vivir Me olvidé de vivir
De tanto cantarle al amor y la vida
Me quede sin amor una noche de un día
De tanto jugar con quien yo más quería
Perdí sin querer lo mejor que tenía.
De tanto ocultar la verdad con mentiras
Me engañé sin saber que era yo quien perdía
De tanto esperar, yo que nunca ofrecía
Hoy me toca llorar, yo que siempre reía.
Me olvidé de vivir Me olvidé de vivir
De tanto correr por ganar tiempo al tiempo
Queriendo robarle a mis noches el sueño
De tanto fracasos, de tantos intentos
Por querer descubrir cada día algo nuevo.
De tanto jugar con los sentimientos
Viviendo de aplausos envueltos en sueños
De tanto gritar mis canciones al viento
Ya no soy como ayer, ya no se lo que siento.
Me olvidé de vivir Me olvidé de vivir



12/05/2006

 



INTERLUDIO

Me gusta pasear por la orilla del Sena. Los diques, las dársenas, las exclusas me hacen soñar en algún puerto lejano en el que me gustaría vivir. Veo, en mi imaginación, muchachas y marineros bailando, pequeñas banderas, barcos inmóviles con los mástiles sin velas.

Estos sueños no duran mucho.

Los muelles de París me son demasiado familiares: sólo se parecen durante un instante a las brumosas ciudades de mis sueños.

(Un fragmento de "Mis Amigos", de Emmanuel Bove).



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